En el silencio de la oración existe una Voz sin sonido, un susurro que nos habla directamente al corazón.


Jesús de Nazaret no era un hombre ajeno a todo aquello que vivía. En sus parábolas podemos intuir como se fijaba en el trabajo de los viñadores, de los sembradores,…Tenía una gran sensibilidad por la naturaleza. Nos habla de los pájaros, de los lirios del campo, de la higuera, los árboles, la cosecha, las lluvias,…Tampoco era insensible al sufrimiento humano, a sus alegrías, a sus problemas,…Sabía escuchar, alentar y acompañar a los hombres y mujeres de su tiempo. Él sentía que en todo aquello que le rodeaba resonaba el eco de la voz del Padre, de esa presencia que también percibía cuando se retiraba a lugares silenciosos y apartados.

Cuando se empieza a estudiar música aún no se tiene el oído afinado, tendrán que pasar meses o incluso años de ensayos y repeticiones para que se pueda captar si el instrumento está verdaderamente afinado o para poder apreciar los detalles de una composición. Lo mismo nos ocurre cuando empezamos a orar, y lo vamos haciendo cada día. La oración nos afina interiormente para poder escuchar la voz de Dios, ya no solo dentro de nosotros mismos, sino también en los otros, en la naturaleza. Aunque esto nunca se producirá sino buscamos espacios de silencio.

Cuando uno escucha con atención el silencio descubre que no está solo, que hay una verdad más profunda que se hace presente, que se abre un espacio interior en el que es posible encontrar paz y sosiego a pesar de los sinsabores de la vida. En ese silencio existe una Voz sin sonido, un susurro imperceptible por los sentidos que nos habla directamente al corazón.

La ‘música callada’ que percibimos en la oración nos adentra también en nuestro propia vida, no nos aleja de aquello que somos o de lo que vivimos sino que nos ayuda a responsabilizarnos de aquello que hacemos. Por eso orar es vaciarse de todo aquello que nos impide realizarnos, de todo aquello que no nos deja ser nosotros mismos, es dejar todas las capas y máscaras que nos hemos ido poniendo durante la vida y nos han ido alejando de quienes somos en realidad.

En esa ‘soledad sonora’, la Voz del Señor va apagando y acallando otras voces, y no solo eso sino que poco a poco vamos percibiendo esa Voz incluso en la voz de aquellos que están al margen de la sociedad, los pobres, los excluidos, los pequeños de este mundo. Nos solidarizamos con los gritos de los 'sin voz', de los preferidos del Señor.

En esa oración silenciosa entramos en comunión con el mundo entero, con todos aquellos que esperan la venida del Señor en plenitud, sin saber aún, muchos de ellos, que Dios habita en ‘el más profundo centro’ de su alma, en el sagrario de su corazón.

Orar es respirar el aire del Espíritu, acallar los rumores interiores, entrar en comunión con la creación, ver la vida con los ojos de Dios…Entonces, ¿te animas? No te arrepentirás…Ya hablaremos…

fr. Amando, ocd


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